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La naturaleza de las cosas (Capítulo I),

Miquel Ponce + Cris Bartual

27.05. 2022 / 18.06.2022

Decía Herny David Thoreau que todas las cosas buenas son salvajes y libres. A Thoreau le encantaba pasear por la naturaleza. Bueno, decir que le encantaba es quedarse corto. En Caminar llega a decir que no podría conservar la salud y el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias a andar. Muy probablemente los artistas Cris Bartual y Miquel Ponce no necesitan caminar tanto, no obstante su visión de la naturaleza cotidiana y su relación con lo humano es igual de profunda que la de este excéntrico estadounidense. 
Esta exposición constituye un constante juego entre la relación de lo artificial con lo natural. Trata de cómo dependemos de la naturaleza, sí, pero también de cómo influimos en ella, como la afectamos, cómo la conquistamos y cómo nos reconquista con el debido tiempo. Uno simplemente puede ver
La vida sin nosotros y darse cuenta de que más allá de la Presa Hoover, los residuos radiactivos y las bolsas de plástico, poca huella permanente vamos a dejar antes de que nuestras estructuras se llenen de flores.
Y de flores va el asunto, por lo menos al principio. De flores y de imágenes de flores, “esto no es una pipa” se dijo en los años veinte, “esto no es una flor” podríamos decir en los años veinte. Al igual que los humanos intervenimos en la naturaleza y la naturaleza en nosotros, estos artistas intervienen las imágenes que crean, con modificación tras modificación. De la flor silvestre a la imagen de la flor silvestre, y de ésta, a la imagen de la flor silvestre tratada, modificada, superpuesta y expuesta en múltiples formatos. Un blanco y negro con encuadres imposibles que podría ser obra de Maya Deren. Un juego de espejos en toda regla, uno que nos desorienta y nos hipnotiza, pero que también nos acerca extrañamente al sujeto retratado.
De cercanía también va el asunto, de eso y de lo lejano e inalcanzable. Aquí los límites se desdibujan, una piedra mundana, de las que vemos todos los días y a las que no prestamos atención, se convierte en una roca lunar o incluso en un fragmento del cinturón de Kuiper, mientras que estrellas a un googolplex de distancia y de tamaño inimaginable parecen meros reflejos en el agua. Lo táctil está tan presente que parece que podamos tocar el cosmos y bañarnos en las constelaciones. De hecho bañarnos no, pero tocar el cinturón de asteroides sí que podemos gracias a las constelaciones de rocas situadas en el suelo, tan cerca de nuestra mano como lejanas parecen; una realidad que permanece oculta hasta que uno se fija.

Texto completo de Albert Alcañiz

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